¿Por qué soy feminista?

He tenido que enfrentar muchas muchas veces esta pregunta, sin poder poner en palabras claras lo que, para mí, está detrás de llamarse ‘feminista’. Hoy (por fin) pude leer este texto de Estefanía Vela (@samnbk) en su blog de El Universal, del cual me permito transcribir este fragmento (disculpen si violo alguna disposición de propiedad intelectual, aunque no me preocupa demasiado) que define muy bien por qué he decidido ponerme la etiqueta de ‘feminista’ (con todos los costos asumidos por tal decisión) [las negritas son mías]:

El concepto de ‘género’ no fue propuesto para negar diferencias entre los cuerpos de las personas, sino para cuestionar que estas diferencias corpóreas fuera la razón detrás de la desigualdad social. La discusión feminista siempre ha estado conectada con la preocupación por la desigualdad social: con el hecho de que ciertas personas –y no otras– tienen acceso a ciertos bienes, espacios, servicios, premios, castigos, privilegios, prejuicios, roles y funciones. A por qué ciertas personas –y no otras– tienen que vestirse de cierta manera, amar de cierta manera, trabajar en ciertas cosas, estudiar ciertas cosas, vivir de cierta forma.

Fuente: Pornucopia de Estefanía Vela.

Soy feminista porque no hay día que no cuestione mis privilegios, porque no puedo quitarme ya el lente del género. Porque creo que nuestras estructuras sociales, incluso la de nuestro hermoso lenguaje de la eñe, están hechas para excluir, para segregar, para cuestionar erróneamente. Asumirme como feminista, actuar en consecuencia y asumir los costos sociales de tal decisión es una de mis pequeñas contribuciones a este jodido mundo.

Para leer el texto completo, clic aquí.

Dios es armenio

Entre mis pequeñas obsesiones geográficas e históricas, está en un lugar curioso Armenia. Desde el genocidio del siglo pasado a manos de los turcos –sí, eso fue– hasta Sirusho y su ‘Qele Qele’ (si no conoces esa joya pop, clic aquí) y la belleza de su escritura, tengo un gusto secreto por todo lo relacionado con Armenia (como me pasa con Corea del Norte e Islandia).

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Ereván, capital de Armenia, con el Ararat (en Turquía) al fondo

En mi lista de Pocket tengo guardado un artículo desde hace unos días sobre Armenia, llamada ‘Dios es armenio‘ y, apenas terminado, decidí compartirlo porque contiene bellezas como ésta (y así recuerdo cuán internacionalista puedo llegar a ser):

Entre todo lo que perdieron los armenios a lo largo de su historia, el Ararat, por su simbología y porque lo ven todos los días, puede que sea lo que más duele. Ahora está en Turquía porque allí cayó cuando Rusia y Turquía se repartieron Armenia después de la Primera Guerra Mundial. Los armenios pueden ver el Ararat, pero no pueden acercarse más a él ni subirlo.

O esto:

Siempre he desconfiado de las banderas. No puedo defender algo que originalmente servía para saber a quién tenías que matar. Del mismo modo que nunca he entendido el patriotismo ni las fronteras. Quizá sea porque nunca me ha afectado directamente.

Tengo un viaje pendiente a Ereván, espero pronto cumplirlo.

Update 1: Ya descubrí que hay sitios en AirBnB en Ereván, con precio promedio por noche de MXN$500. ¿Alguien que quiera acompañarme en verano?


Para leer la entrevista completa en Jotdown, haz clic aquí; y si te interesa el tema, el libro de Virginia Mendoza sobre el tema parece no tener pierde.