Recordatorio de olvido

Levanto mi pantalón y ahí están. De color café, resaltando más que mi ahora blancuzca tez de piernas ya chilangas. Las marcas de las decenas de veces en que, como el niño torpe que era, me tropezaba o caía de un segundo a otro. Culpo a mis rodillas mal alineadas, a mi natural torpeza en aquellos días, al crecimiento apresurado de mis extremidades que nos transforma en pubertos aún más torpes. O el pequeño monte que se forma en mi espinilla, producto de muchos golpes –el último hace apenas unos días– porque todo en este país está hecho para quienes miden menos de 1.70; y yo soy un monstruo de 1.88 en esta comarca.

Pero la marca más notoria es, sin duda, la de mi mano. Ver la banda negra de las escaleras eléctricas y a niños jugando cerca de ella enciende aún las alarmas en mi cabeza, como campana de Pavlov. Pero yo no salivo. En cambio, tengo pequeños ataques de ansiedad.

Lo que más me sorprende es que esa fuente constante de ansiedad viene de algo que no recuerdo en lo absoluto. Un descuido y mi curiosidad se reunieron un día, y –dicen– la escena fue aparatosa: mamá gritando, señoras preocupadas, mucha sangre; y yo no conservo una sola imagen mental del momento. Sólo la marca en la mano, del pulgar al dedo medio. Ahora que pongo un poco más de atención, si mi mano fuera una persona, la marca parecería una banda, como la presidencial o de certamen de belleza.

Pero esa marca permanente, a manera de tatuaje enviado por la divinidad de su preferencia, sirve como recordatorio constante del olvido. Bonito oxímoron. Pero sí, es un recordatorio del olvido como mecanismo de defensa, el más efectivo que tengo.

El olvido de las caídas. El olvido de las muertes, el de las despedidas. El olvido del dolor, los tratamientos, el de julio de 2009. El que intento remediar escribiendo como enfermo en bloques sobrevalorados de piel y papel sin ácido, que he llenado uno tras otro desde hace años. El temido olvido por no trascender, el que se planta en la cima de aquel edificio construido por Maslow para recordarnos que, al final, todo lo hacemos para dejar huella, para ser recordados.

El olvido que soy y seré, porque es ese olvido el que me define.

No puedo dejar de disfrutar la ironía detrás.

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