Cambiemos lo que no sirve

Reseña del libro “Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México” de Jaime Ros Bosch, publicada originalmente en la Revista Paradigmas

La ortodoxia económica necesita, hoy más que nunca, de una crítica seria ante las difíciles perspectivas globales de crecimiento de mediano y largo plazo; en México, esta necesidad se vuelve cada vez mayor debido al estancamiento crónico que atraviesa la economía nacional desde hace treinta años. Recordando la idea de Rodrik sobre “una economía, muchas recetas”, encontramos que la fórmula aplicada por los hacedores de política económica en México parece no ser la correcta. Jaime Ros retoma esta idea y decide investigar una raíz aún más profunda: más allá de las políticas económicas de las últimas tres décadas, ¿y si es el diagnóstico lo que está realmente mal?

 

En medio de las discusiones sobre “las reformas que México necesita” (Gobierno Federal dixit) y de las modificaciones a las leyes secundarias que se encuentran en proceso, Ros presenta un libro que busca abordar el problema de manera diferente: en vez de ofrecer una agenda sobre los cambios que se deberían hacer – como es cada vez más usual encontrar entre los “best sellers” de las librerías – decide desarmar uno a uno los argumentos tan difundidos en la academia y los medios de comunicación sobre los problemas que enfrenta la economía nacional, para mostrar que el diagnóstico de nuestra enferma economía parece ser incorrecto; y hace esto con una profunda revisión de los fundamentos teóricos y de la evidencia empírica disponible sobre los fundamentos analíticos del plan de reformas basado en las tesis ortodoxas.

Como Ros apunta de forma correcta, la tesis que prevalece en la actualidad es que, tras las reformas macroeconómicas que se han enfocado en lograr la estabilidad de precios después de los episodios de inflación provocados por las crisis de los ochenta y noventa del siglo pasado, se deben realizar las reformas microeconómicas que permitan reducir o eliminar las imperfecciones de mercado y las fallas institucionales a fin de acelerar el crecimiento de la productividad, para así poder recuperar las altas tasas de crecimiento económico; recordando que esta tesis ha sido el argumento principal detrás de la agenda de reformas económicas, políticas y sociales que ha presentado el gobierno del presidente Peña. En la introducción de este libro, Ros plantea que esta noción está fundamentalmente equivocada, que el cumplimiento de esta agenda hará muy poco por elevar el crecimiento de largo plazo de la economía mexicana y, en cambio, son las políticas macroeconómicas las que han provocado el lento crecimiento de las últimas décadas.

El primer capítulo analiza la relación entre productividad y crecimiento, donde el autor realiza una profunda revisión teórica respaldada en datos estilizados para debatir la tesis actual sobre esta relación. Ésta apunta a que la mayor parte de la reducción de las tasas de crecimiento del PIB en México – dos terceras partes, según Faal (2005) – se deben a un menor crecimiento de la productividad total de los factores – y por ello la insistencia del actual gobierno federal de “democratizar la productividad”, lo que sea que esto signifique – más que por la menor acumulación de estos factores productivos. Sin embargo, Ros discute que la productividad es, en gran parte, endógena, y muestra que el estancamiento de la productividad es una consecuencia – y no una causa – del bajo crecimiento económico de los últimos años.

A partir de lo anterior, Ros dedica los siguientes cinco capítulos a analizar, discutir y abatir una a una las tesis prevalecientes sobre los pilares del estancamiento económico nacional: la informalidad, las rigideces del mercado laboral, los obstáculos a la competencia, la escasez de capital humano y las fallas institucionales; con base en datos estilizados y una exhaustiva revisión de literatura.

Sobre los incentivos a la informalidad – donde se ubica cerca del 60% de la población ocupada – el autor muestra que, aunque ésta ha aumentado en los últimos treinta años, no existe evidencia de que las causas que normalmente se piensan que provocaron este aumento hayan tenido incidencia en el crecimiento de la productividad; es decir, ni las fallas en el mercado de crédito, ni la carga impositiva o la mala aplicación de políticas sociales y laborales han tenido una incidencia comprobable en el crecimiento de la productividad. En cambio, Ros sugiere una interpretación desarrollista à la Lewis, donde la causalidad es opuesta a lo que usualmente se piensa: la informalidad es producto del subdesarrollo y no al revés; así, el crecimiento del sector de trabajo informal se debe a la débil expansión del acervo de capital de la economía que impide emplear a la totalidad de la nueva fuerza laboral.

Respecto a la rigidez del mercado laboral, discutida en el tercer capítulo, Ros critica a quienes abogan por la necesidad de flexibilización laboral, mostrando con indicadores internacionales que el mercado de trabajo en México es menos rígido de lo que usualmente se argumenta, y que es bastante flexible para su nivel de desarrollo. A partir de lo anterior, evalúa el efecto de las instituciones laborales en el crecimiento económico, encontrando que el salario mínimo no ha tenido un efecto significativo en el empleo y, en cambio, sí lo ha tenido en el aumento de la desigualdad; que no existe evidencia sobre un efecto de la protección del empleo en el desempeño económico; y que, debido a su bajo poder real, los sindicatos no han tenido una verdadera incidencia en el desempeño del mercado laboral en los últimos años. Así, una mayor flexibilización del mercado laboral sólo tendría efectos sociales negativos que acentuarían la desigualdad en México.

Analizando los sectores de banca comercial, telefonía y electricidad, Ros encuentra que la competencia económica parece mantener una relación poco clara con el crecimiento de la productividad, precisando que las mejoras a la eficiencia no siempre son benéficas para el desempeño económico. Aunque la sociedad seguramente se beneficiaría de una mejora en la competencia económica por las ganancias en eficiencia económica y una mejor distribución del ingreso, la evidencia no respalda su impacto positivo en el crecimiento económico.

En esta misma línea, el autor analiza en el capítulo V si la escasez de capital humano – es decir, la cantidad de educación – ha representado un obstáculo para el crecimiento de la economía mexicana; y encuentra que, ya sea visto como un factor de producción o como una vía para la difusión tecnológica, el capital humano no parece explicar la divergencia económica de México. Asimismo, aunque México mantiene una distancia considerable respecto a la frontera internacional de la calidad de la educación, los avances en la misma no se han reflejado en un mejor desempeño económico.

Por último, Ros discute si las fallas institucionales, especialmente la debilidad institucional contra los poderes fácticos o del Estado de derecho, pueden explicar el enigma del estancamiento económico. Sin embargo, no se ha encontrado en la evidencia empírica existente un mayor costo de hacer negocios ni un deterioro considerable en los índices internacionales de calidad institucional, por lo que el argumento de bases institucionales endebles no cuenta con evidencia sólida para justificar que “por eso estamos como estamos”.

Entonces, ¿qué factores sí podrían explicar el estancamiento económico de México desde la implementación del neoliberalismo? Ros decide regresar la tasa de acumulación de capital al centro del debate, argumentando que es ésta la principal causa del estancamiento crónico de nuestra economía, aunado a una inapropiada política macroeconómica el momento actual: aunque la estabilidad económica fue necesaria tras los violentos episodios económicos que atravesó nuestro país, todo parece indicar que es momento de dar un giro de timón en la política fiscal, monetaria y cambiaria de nuestro país.

Según Ros, la política fiscal en México debe reenfocarse hacia un comportamiento contra-cíclico, dejando a un lado el absurdo equilibrio presupuestal y aumentando la inversión pública, que ha disminuido fuertemente en los últimos años – punto donde aplaudo su enfoque de la necesidad de aumentar el capital por medio de la inversión pública y el desarrollo de la región sur del país, que cada día parece más necesario con el aumento de la brecha respecto al resto de México.

En materia monetaria, atinadamente apunta a una reconsideración del mandato constitucional del banco central, con objetivos claros de crecimiento y empleo, como ocurre en el caso de la Reserva Federal de EE.UU.; y a la flexibilización del estricto esquema de metas de inflación, para dar cabida a la incorporación de la brecha del producto dentro del diseño de la política monetaria. Con esto, se podría reenfocar la política cambiaria hacia la eliminación de la tendencia asimétrica hacia la apreciación cambiaria, y ponerse al tipo de cambio real competitivo como el centro de esta política.

Todas estas recomendaciones apuntan en una sola dirección: reactivar el motor interno, ya que el externo sirve para mantenernos en el aire, pero no para aumentar la marcha. El refortalecimiento de nuestro mercado interno permitiría disminuir nuestra dependencia del sector exportador, especialmente ante el preocupante panorama económico de nuestros principales socios comerciales.

Dado que reformar en lo micro no nos ha ayudado a crecer, parece fundamental dar un paso atrás y abrir nuestra perspectiva sobre el problema. Ros aporta un buen primer – y profundo – acercamiento hacia un replanteamiento del verdadero problema detrás del estancamiento económico de México; y, aunque no pretende proponer una nueva agenda de política económica, considero que las recomendaciones que presenta deberían tener mayor discusión y presencia en la agenda política nacional, y no quedar sólo en los círculos académicos. Atrevámonos a cambiar lo que claramente no está funcionando.

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